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El PAN cae al 2.1% en Coahuila: la derrota más dolorosa de su historia local

2026-06-12 Autor Administrador

El PRI ganó Coahuila. Eso nadie lo discute. Ganó de manera contundente, ganó los 16 distritos locales y confirmó que el estado sigue siendo su último gran bastión político en el país. Pero una cosa es ganar Coahuila y otra muy distinta es pretender vender ese resultado como si el PRI hubiera recuperado fuerza nacional.

Ahí está, precisamente, uno de los viejos errores del priismo: creer que una victoria local, construida bajo condiciones muy específicas, puede convertirse en narrativa nacional. El PRI no aprende que una parte importante de su desgaste histórico nació de eso: de hablarle al país como si la gente no entendiera, como si bastara repetir una versión conveniente para convertirla en verdad.

Coahuila no es México. Y menos en una elección huérfana, de baja competencia nacional, sin gubernatura, sin alcaldías, sin presidencia de la República y con una maquinaria local operando en condiciones completamente distintas a las de una elección concurrente. Este tipo de elecciones, por su propia naturaleza, favorecen a quien tiene estructura, gobierno, territorio, operación y control político local.

No es la primera vez que ocurre. Desde 2008, Coahuila ya había vivido elecciones legislativas aisladas donde el PRI arrasó en los distritos locales. En aquel momento gobernaba el PAN a nivel federal con Felipe Calderón, y en Torreón también gobernaba Acción Nacional con José Ángel Pérez. Aun así, el PRI se llevó todos los distritos locales. Es decir, no era entonces un renacimiento nacional del PRI; era una elección local con condiciones diseñadas para favorecer a la estructura dominante.

Por eso resulta excesivo —y políticamente torpe— que desde la dirigencia nacional priista se intente presentar el triunfo de Coahuila como prueba de que el PRI está fuerte en todo el país. No lo está. En buena parte de México, el PRI sigue siendo un partido disminuido, marcado por derrotas, rupturas, pérdida de confianza y una memoria ciudadana que no se borra con un resultado local.

El triunfo en Coahuila habla de Coahuila: de una estructura priista viva, de un gobierno estatal con narrativa de seguridad y estabilidad, de una oposición fragmentada y de una elección donde la maquinaria territorial pesó más que las marcas partidistas nacionales. Pero querer convertir eso en una señal de regreso nacional es volver a cometer el mismo pecado de siempre: confundir propaganda con realidad.

Y mientras el PRI intenta nacionalizar una victoria local, el PAN enfrenta una de sus derrotas más dolorosas en Coahuila. No alcanzar siquiera los votos suficientes para sostener con fuerza su presencia local es un golpe profundo para un partido que durante años fue el principal contrapeso del priismo en el estado.

Sin embargo, hay una diferencia de tono. Mientras el PRI busca vender una lectura nacional sobredimensionada, la dirigencia panista salió a reconocer el tamaño de la derrota y agradecer a quienes, aun en medio de un escenario adverso, votaron por Acción Nacional. Pocos votos, sí, pero votos libres; votos de ciudadanos que todavía creen en el PAN no por conveniencia, sino por convicción.

Esa lectura no borra la crisis panista. Al contrario, la exhibe. Pero reconocer una derrota siempre es más sano que inflar una victoria. El PAN tiene frente a sí una reconstrucción dura, probablemente larga y dolorosa. Tendrá que volver a hablarle a su base, recuperar identidad, formar liderazgos y decidir si quiere ser comparsa de otros partidos o volver a representar una causa propia.

El PRI, en cambio, debería entender que ganar Coahuila no le autoriza a mentirle al país. Porque la ciudadanía ya no compra tan fácil los relatos triunfalistas. Coahuila puede ser una fortaleza priista, pero no es un espejo nacional. Pretender lo contrario es no haber aprendido nada.

La lección de fondo es clara: hubo un ganador, así, a secas: el PRI. Ganó una elección local, ganó los 16 distritos de mayoría y refrendó su dominio territorial en Coahuila con alrededor del 55% de la votación. Hubo también un perdedor evidente: Morena, que pese a ser la fuerza dominante a nivel nacional no pudo romper el bastión tricolor y se quedó cerca del 26%, sin ganar un solo distrito. Hubo, además, un partido revelación: Nuevas Ideas, una fuerza local ligada al priismo que en esta ocasión logró cruzar el umbral necesario para obtener registro y colocarse en la conversación política estatal.

Pero también hubo un gran perdedor histórico: el PAN. Acción Nacional cayó a cerca del 2.1% de la votación, por debajo del mínimo legal para conservar su registro local, dejando de ser aquel partido que durante años fue el principal opositor del PRI en Coahuila; el mismo partido que gobernó ciudades clave como Torreón y Saltillo, y que en 2017 estuvo muy cerca de ganar la gubernatura, cuando Guillermo Anaya disputó una elección cerrada frente al priista Miguel Ángel Riquelme, quien terminó imponiéndose por apenas 2.44 puntos porcentuales, una diferencia cercana a los 30 mil votos.

La caída panista no puede explicarse solo por una mala campaña o por una elección de baja participación. También habla del desgaste acumulado por sus alianzas con el PRI, de una identidad diluida y de un electorado que ya no está dispuesto a aceptar discursos construidos desde la conveniencia política. Decirle al ciudadano que “PRI y PAN se unen para defender a Coahuila de Morena” pudo haber funcionado como estrategia de coyuntura, pero terminó haciendo más daño que bien a Acción Nacional. Porque cuando un partido deja de parecer alternativa y empieza a verse como acompañante de su adversario histórico, el ciudadano lo nota. Y lo cobra.

Por eso, el mensaje más importante quizá sea otro: los partidos que no entienden el tamaño real de sus victorias y derrotas terminan hablándose a sí mismos. Y cuando un partido se acostumbra a hablarse solo, tarde o temprano deja de escuchar al pueblo.